Las empanadas del griego

Todo comenzó con un asesinato. Mitos y verdades de un caso que marcó una época en una ciudad.

griego

Se llamaba Juan Harjalich y había nacido en Grecia. En 1948 arribó a la Argentina en un barco que había cruzado el Atlántico. Cuando llegó, se radicó en la casa de un tal Nicolás Gatanás, con quien vivió algunos meses hasta conseguir la plata necesaria para viajar a los Estados Unidos. A todos les contaba que había escapado de los comunistas, porque lo acusaban de traidor. Eso fue al término de la Segunda Guerra Mundial.

El griego Harjalich fue el protagonista principal de uno de los capítulos más horrorosos y poco conocidos de la historia penal argentina. Los que aún recuerdan las crónicas de la época, todavía mencionan en voz baja cómo un comerciante, que tenía un clásico bar de estación, vendió empanadas que rellenó con carne humana. La carne de su cuñado.

El viaje a EEUU quedó trunco. Harjalich sólo llegó a Venezuela y, desde allí, emprendió el regreso a la Argentina. Después contaría que había tomado una decisión,  volver a esas tierras australes y encontrar una buena mujer, para casarse y tener hijos. Eso, al menos, fue lo que dijo.

En 1950, el griego cumplió su sueño. Se casó con Elefteria, una platense que había quedado huérfana junto a sus hermanos, otra mujer y el varón que se llamaba Andrés Suculea. Los hermanos habían sido criados por Matilde Alvarez, quien hasta quedar a cargo de la crianza de los chicos había sido la cajera del comercio de don Juan Suculea, el fallecido jefe de la familia.

En la calle 1 número 710, a metros de la Estación de Trenes de La Plata, estaba la casa y el negocio de la familia Harjalich. El griego tenía un bar, con despacho de comida rápida para los recién llegados a la capital de la provincia de Buenos Aires. Andrés vivía con ellos y según contaban los vecinos, eran constantes las discusiones. El tema era recurrente, el más joven de los hermanos no era muy apegado al trabajo.

El miércoles 16 de enero de 1963, Elefteria y una sobrina se marcharon temprano a visitar a una familia amiga. Juan iba a almorzar con ellos, pero iría al mediodía, porque dijo no podía dejar el negocio. El griego cumplió, almorzó sin manifestar nada extraño, y después regresó sólo al comercio. Él sabía que tenía por delante una macabra faena.

El día jueves 17, cerca de las cuatro de la tarde, Juan, que por entonces tenía 41 años, llegó sin previo aviso a la casa de un amigo, en el barrio El Dique, en Ensenada. Se bajó del colectivo, golpeó la puerta y lo atendió su compadre, Juan Giorgia, también griego, de 69 años y soltero. El hombre después diría que su amigo lo sorprendió con una valija y un colchón, que le dijo que guardara, que a la noche regresaría. Y volvió. Fue poco antes de la medianoche.

“Mire, en la valija y en el bolso tengo los restos de Andrés, mi cuñado. El se suicidó, tengo que quemar todo esto”, fue la revelación que horrorizó a Giorgia. El hombre se negó en forma tajante a participar en semejante misión. Lo quiso echar de la casa, pero Harjalich estaba dispuesto a todo: sacó un revólver y lo amenazó de muerte.

Harjalich cargó los bolsos y se marchó, pero regresó unas horas después. Le dijo a su compatriota que ya había hecho lo que tenía que hacer y le pidió, o más bien le exigió, silencio. Se despidió, esperó el colectivo en la esquina y desapareció.

Al otro día, antes del mediodía, Harjalich regresó a la casa de Giorgia. Esta vez le trajo ropa usada, posiblemente del difunto, que le regaló porque ya nadie la usaría en la casa. También llevó comida, que cocinó y comió con fruición. El aterrorizado testigo, una vez que se marchó su compadre, corrió a la comisaría y contó lo que había sucedido.

Antes del anochecer, la policía estaba allanando la casa y el negocio del griego, mientras otro grupo realizaba un rastrillaje en un terreno cercano a la casa de Giorgia. La búsqueda dio sus resultados:  en medio de unos matorrales y bañados encontraron esparcidos restos óseos quemados. No mucho más. Andrés sólo pudo ser identificado cuando hallaron un trozo del maxilar superior, donde descubrieron una reparación en un diente, lo que pudo ser cotejado por el odontólogo que había atendido a la infortunada víctima, que al momento de su muerte tenía 32 años.

Lo que nunca se halló fue la parte superior del cráneo, lo que hubiese sido clave para determinar las causales de la muerte. Es que Harjalich, al ser detenido, dijo que su cuñado se había suicidado. Que se había matado de un tiro cerca de las 8,30 de la mañana en la que su mujer y su sobrina se habían ido a visitar a unos amigos. Que él, al no saber qué hacer, había decidido ocultar el cuerpo, pero no lo había matado.

No le creyeron, porque en la casa encontraron un revólver calibre 38, que el griego dijo desconocer, pero que tenía estampado el sello de la Policía Bonaerense y que, tras una breve investigación, dieron con quien había sido el dueño: un agente que confesó que se la había vendido a Harjalich.

El juez Rodríguez Lagares no le creyó nada al griego. Y lo mandó a la cárcel de Olmos, donde moriría un par de años después. Lo que sí encontraron en la casa del crimen fue un cuaderno, donde la víctima escribía sus sentimientos. En ese libro, aparecía una mención al griego: “Temo que pierda la tranquilidad en mi casa. Mi cuñado, el miserable inmundo, pretende hacer de las suyas”. Pero también había otra frase, escrita dos días antes de la muerte, que decía lo siguiente: “cuando pienso que estuvo la felicidad en mis manos, me dan ganas de morir” ¿homicidio o suicidio? Nunca se sabrá.

Lo que sí recuerdan los viejos vecinos de la Estación de Trenes fue que el día del crimen, el griego llamativamente estaba generoso. Vendía a muy buen precio, incluso llegó a regalar, empanadas de carne que él mismo había cocinado. Muchos, al leer las crónicas en los diarios de la época, completaron la versión que era un secreto a voces: las empanadas pudieron haber sido rellenadas con la carne del infortunado Andrés.

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