El monstruo de los Andes, el mayor serial

Se cree que Pedro Alonso López violó y mató a más de 300 niñas, de entre 8 y 12 años, en Colombia, Perú y Ecuador. Fue condenado y liberado en 1998 con una fianza de apenas 50 dólares. Desde entonces, nada se sabe de él.

El monstruo de los Andes, el mayor serial

Tolima es una de las regiones más exóticas de Los Andes colombianos. Es incomprensible que, en medio de un paisaje soñado y rodeado de una población amable y solidaria, haya nacido el mayor asesino serial de la humanidad. Pedro Alonso López, conocido como El Monstruo de Los Andes, pudo haber violado y asesinado a más de 300 niñas antes de desaparecer misteriosamente en la misma zona que lo vio crecer.

López estaría por cumplir 63 años, si es que no fue asesinado por familiares de algunas de las cientos de víctimas de su demencial carnicería humana. Nadie sabe, en rigor, dónde y cómo se encuentra desde que, tras pagar una fianza de 50 dólares, fue liberado en 1998 en un escandaloso fallo, cuando prometió que se presentaría ante la justicia al menos una vez por mes. 

Pedro fue el séptimo hijo de una mujer que, supuestamente, ejercía la prostitución. Se crió en la calle y, a los 9 años, fue echado de su hogar por su madre. Desde ese momento deambuló por distintas ciudades. Fue violado en varias oportunidades, por lo que se convirtió en un nene temeroso. Ya viviendo en Bogotá, la capital de Colombia, cuenta la historia que de día se escondía y de noche salía a revolver los tachos de basura en búsqueda de comida. Allí tuvo algunos años de tranquilidad cuando un ciudadano norteamericano se apiadó de él, lo llevó a vivir a su casa y lo escolarizó. 

No le duró mucho, porque cuando tenía poco más de 12 años volvió a huir. La calle, desde entonces, fue su definitivo hogar. Se convirtió en un ladrón de autos, uno de los más habilidosos de entonces, según los reportes policiales. Pero la suerte se la terminó en 1969 cuando, con 18 años, cayó preso y fue condenado a 7 años de cárcel.

En el penal de Bogotá fue abusado sexualmente por otros tres presos hasta que, al conseguir un cuchillo, degolló uno a uno a sus agresores. Por estos crímenes, sólo le dieron dos años más de cárcel, debido a que fue considerado en defensa propia. Fue la primera vez que mató, y ya no se detendría jamás.

Pedro Alonso López salió de la cárcel en 1978 convertido en un asesino serial y estaba dispuesto a ser el más prolífero de todos. Casi como un vagabundo cruzó la frontera peruana y allí comenzó a matar nenas de entre 8 y 12 años. La mayoría eran niñas de tribus aborígenes, cuyos padres ni siquiera eran escuchados por las autoridades. En ese país, jamás se abrió una causa por esos homicidios.

La mecánica del ataque era siempre la misma: engañaba a las niñas ofreciéndole comprarles caramelos o pequeños juguetes, las llevaba a un descampado y las estrangulaba mientras las estaba violando. Finalmente, enterraba prolijamente los cuerpos y, en algunos casos, lo hacía en fosas que utilizaba para arrojar varios cadáveres.

Descripto como un psicópata perverso que jamás se arrepintió, Pedro Alonso López fue como un mito en amplias regiones de Los Andes. Se decía que había un monstruo que raptaba y mataba niñas, pero nadie lo buscaba. De Perú escapó luego de ser rescatado por una misionera que lo encontró semienterrado. Lo había capturado un grupo de aborígenes Ayacuchos que lo acusaban de intentar raptar a una menor de la tribu.

Durante un par de años, Pedro siguió matando en Colombia y Ecuador, en una región rural de Los Andes. La mayoría de las víctimas, como en Perú, eran aborígenes.

Recién a finales de 1980, una fuerte lluvia transformó el caudal de un río de montaña en Ecuador y dejó al descubierto una fosa común. Las autoridades hallaron cuatro cadáveres de niñas, por lo que se abrió una investigación. Fue la primera causa penal que se inició por las extrañas desapariciones de menores que hasta entonces ninguna autoridad indagaba.

María Póveda era el nombre de una humilde mujer que comenzó a gritar en el estacionamiento de un supermercado, en la ciudad de Ambato, en Ecuador. Pedía ayuda porque un hombre se había llevado a su hija de 12 años. Fue tan rápida la búsqueda que rescataron a la menor en la calle y el secuestrador fue detenido. Era Pedro Alonso López.

Estuvo preso varios días negando ser el autor de las desapariciones de niñas hasta que, finalmente, confesó todo con lujo de detalles. Dijo, concretamente, que en Ecuador había matado 110, en Colombia otras 100 y en Perú “muchas más de cien, que ni lo recuerdo”. El relato era poco creíble, es más no se tenía registro de tal magnitud de desapariciones de menores.

Para que le creyeran, López se ofreció a llevar a la Policía a cada uno de los lugares donde decía haber enterrado a las víctimas. Así, sólo en Ecuador, revisaron 28 fosas y, en una de ellas, encontraron 53 cadáveres de nenas, muchas de ellas aborígenes pertenecientes a etnias de Los Andes. Ahí sí, los jueces se dieron cuenta de que Pedro no mentía. Pero, pese a los hallazgos, sólo le pudieron probar 16 violaciones y asesinatos.

Pedro Alonso López fue condenado a perpetua pero, en Ecuador como pasa en nuestro país, nada es lo que parece en términos de condenas. Por eso en 1994, cuando estaba por ser liberado, fue sacado de la cárcel García Moreno, de la ciudad de Quito, y entregado a las autoridades colombianas. Allí dijo haber nacido un 8 de octubre y confesó haber violado, pero no ser el autor de los crímenes. Tiempo después, fue conducido a una ciudad llamada Espinal, en Tolima, donde lo reclamaban desde hacía varios años por el asesinato de 11 niñas. Pero, una vez más, el criminal tendría suerte: un incendio había destruido por completo el tribunal y, con el edificio, se habían hecho cenizas todas las pruebas en su contra.

Poco después, los jueces encontraron una solución: lo declararon demente peligroso y ordenaron que quedara alojado de por vida en un hospital psiquiátrico. Aunque, en 1998, un nuevo fallo lo dictaminó sano y ordenó su libertad a cambio de una fianza de 50 dólares y la promesa de presentarse todos los meses en el juzgado y someterse a un tratamiento psicológico. Desde ese momento, nunca más se supo de él.

Según cuentas las crónicas de entonces, una comisión de padres de víctimas había ofrecido un monto importante de dinero para quien matara al Monstruo de Los Andes, por lo que se sospecha que alguien pudo haber cobrado esa recompensa. Lo cierto es que en 2002 hubo una seguidilla de desapariciones de menores en la región de Tolima y, una vez más, se temió por Pedro Alonso López, aunque nunca se pudo probar nada.

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