La masacre ritual de los seguidores de “Tata Dios”

El hacendado Ramón Rufo Gómez viajó al poblado de Azul porque le habían dicho que había un curandero que parecía tener diálogo directo con el mismísimo Dios. Le decían “Tata Dios” y se llamaba Gerónimo de Solané. Los dolores de cabeza de la mujer se curaron y Gómez, en agradecimiento, le cedió un paraje en su estancia “La Argentina”. El brujo gaucho venía escapando de la Policía, que lo perseguía por ejercicio ilegal de la medicina. Ahí comenzó a tejerse la mayor masacre ritual de la historia argentina.

El año 1871 no había sido uno más para aquella Argentina aún en formación. La fiebre amarilla causaba estragos, especialmente en las grandes poblaciones. En Buenos Aires, los muertos se contaban por centenares. La culpa de todo, para los centenares de seguidores que tenía “Tata Dios”, la tenían los inmigrantes, fundamentalmente los de origen europeo.

El juez Juan Adolfo Figueroa un mes antes de la tragedia escuchó la queja de vecinos, preocupados por las reuniones que se realizaban en el campo, donde corría el vino y, según sospechaban, algo malo se tramaba. La mano derecha de “Tata Dios” era Jacinto Pérez, alias “El Adivino”, a quien lo consideraban la reencarnación de San Francisco.

Pérez, en la noche del 31 de diciembre de 1871 juntó a una treintena de seguidores, con los que partió hacia el pueblo al grito de “¡Viva la religión, mueran los gringos y masones!”. Solané permaneció en su rancho.

Aún de noche, los gauchos a caballo entraron en una silenciosa Tandil, que por entonces tenía unos 5.000 habitantes. Fueron directo al juzgado, donde robaron los sables y las lanzas que se guardaban en el lugar. A las 4 de la madrugada, los guardias todavía dormían después de la parranda de fin de año. El único preso, un indio llamado Nicolás, fue liberado por los seguidos de “Tata Dios”.

El primer ataque ocurrió en la plaza. El italiano Santiago Imberti arrastraba un organillo cuando fue literalmente degollado por los gauchos que gritaban “viva la religión, maten a los gringos”. En total terminaron matando a 36 inocentes, entre ellos varios niños. Todos fueron apuñalados y degollados en distintas zonas de Tandil y alrededores. En su mayoría eran inmigrantes europeos.

Al otro día, una comisión militar, policial y de vecinos salió en búsqueda de los asesinos, dándole alcance. El enfrentamiento terminó con una docena de gauchos muertos, entre ellos “El Adivino” Pérez, y otros tantos fueron detenidos. Algunos lograron escapar. Para entonces, otra partida había ido a la estancia La Argentina y habían capturado a “Tata Dios”, quien siempre juró ser inocente de los trágicos sucesos.

Cuatro días después de la masacre, Gerónimo de Solané fue asesinado a balazos cuando se encontraba en los calabozos. Se dijo que le dispararon a través de la única mirilla que tenía la celda. Ese crimen nunca se esclareció, pese a que a esa hora en el edificio se encontraban los funcionarios más importantes de la ciudad. Mientras que el juicio a los sobrevivientes se realizó en el mes de septiembre de ese año. Tres de ellos, Cruz Gutiérrez, Juan Villalba y Esteban Lasarte, fueron condenados a muerte. Dos fueron fusilados y el tercero (Villalba) murió en el calabozo antes de ser llevado a la plaza de la ejecución. A los capturados se los denominaba “Los Apóstoles de Tata Dios”.

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